Sin duda, tratar de asignar un valor monetario a la pérdida de un ser vivo es bastante complejo y, además, poco ético, diría yo. Sin embargo, en nuestro sistema social convivimos todos los días con beneficios, servicios ecosistémicos, que nos brinda la naturaleza y que, como seres humanos, trasladamos a las actividades productivas de nuestra vida cotidiana. Existen diversos mecanismos que nos alertan sobre cuánto “valen” estos servicios y, principalmente, cuánto, en términos económicos, representa la desaparición de una especie como consecuencia de nuestra depredación.
Económicamente, para nuestro modo capitalista de vida, esta es una forma hasta cierto punto entendible de establecer un parámetro de valor para esta pérdida de biodiversidad. Una de las herramientas actuales más utilizadas es el Índice Planeta Vivo (IPV), establecido por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés), que en su reporte más reciente de 2024 indica que, de 1970 a 2020, se ha reducido significativamente más del 71% de la flora y fauna del planeta. Espero que hicieras una pausa al leer esa cifra: una reducción de más del 71%. Este mismo reporte muestra que, tan solo en Estados Unidos, si la tendencia de disminución de biodiversidad continúa en la misma sintonía, para 2050 esto representaría una pérdida económica de alrededor de 83 mil millones de dólares anuales.
Pero separémonos por un momento de este enfoque monetario y pesimista. Veamos la historia cultural, la pérdida inestimable de toda una forma de vida. Dimensionemos la magnitud de la extinción: de acuerdo con el Instituto de Biología de la UNAM y diversos estudios citados, se estima que el 99% de las especies que han habitado la Tierra ya se encuentran extintas. Historia del entorno natural que se pierde poco a poco, pero pongamos un ejemplo que, espero, nos permita empatizar aún más.
En muchas culturas antiguas, el mundo no estaba suspendido en el vacío ni fue concebido únicamente como la obra materializada de un ser supremo. En la cosmovisión hinduista y en diversos pueblos originarios de Norteamérica, el mundo descansaba sobre el caparazón de una gran tortuga: una criatura enorme, lenta, silenciosa y paciente. En la antigua Grecia, la Tierra era Gea, una entidad viva, fértil, inseparable del cielo, Urano, y del equilibrio natural que sostenía la vida. En todas estas visiones, montañas, ríos, selvas, ciudades y vidas enteras existían porque algo, o alguien, cargaba con todo, no por dominio, sino por equilibrio.
Más allá de este valor ideológico, pensemos en algo más próximo a nuestra cotidianidad. Hace algunos años pude ver la película Odisea tortuga: la gran aventura de Bunji en el Centro Cultural Tijuana. En ella se muestra cómo, a pesar de todas las travesías y obstáculos, Bunji logra recorrer casi 20 mil kilómetros para desovar en el mismo sitio donde nació. ¿Te imaginas? Luchar por algo que está inscrito en tu instinto y perderlo por la forma de producción de los seres humanos.
La pérdida de una especie, más allá del número, de la estadística o de la pobre concepción monetaria, recae en una pérdida cultural y social que impacta directamente lo que las generaciones futuras conocerán (o no), en las historias que contaremos y en los ejemplos que podremos dar con el paso del tiempo. No solo perdemos una especie: perdemos una historia evolutiva de millones de años, una relación cultural con el mar, con el entorno, una forma distinta de habitar el planeta.
Por eso resulta insuficiente, y, desde mi punto de vista, hasta cínico, sentirnos tranquilos porque no somos la especie que se extingue. No deberíamos sentirnos superiores por ser la especie dominante; deberíamos sentirnos culpables por ser el 1%, por formar parte de quienes más consumen, más deciden y más impactan, aunque no siempre lo noten.
La extinción puede ser intrínseca a la historia de la humanidad; sin embargo, también es la consecuencia acumulada de nuestros modelos de vida. Es el resultado de pequeñas decisiones cotidianas legitimadas por grandes discursos. Es la historia que se va perdiendo sin memoria.
Tal vez aún estamos a tiempo. No de salvar al planeta ni de salvarnos a nosotros, el entorno ha sobrevivido a cosas peores que la humanidad, sino de apoyar a quienes nos sostienen; de entender que defender la naturaleza no es un acto romántico, sino una obligación ética con el pasado y el futuro. Porque si el mundo alguna vez descansó sobre una tortuga, o su historia natural es tan rica y diversa, lo mínimo que podemos hacer es respetarla y tratar de conservarla.
Y es que, en este contexto natural, no podemos esperar que nuestra relación con su cuidado responda inmediatamente. Y no es porque no importe, sino porque no funciona bajo la lógica de la recompensa. Se sostiene desde la paciencia, desde la constancia, desde la decisión de no abandonar aunque no haya señales claras. En esas relaciones, con la naturaleza, con los territorios, con las especies, uno aprende que no todo lo valioso devuelve lo que recibe, y que aún así merece ser protegido.
Amigo buena noche, te paso la columna, a ver si se puede replicar