Hace unos días, revisaba mi pequeño acervo digital de textos y apuntes sobre temas ambientales, una colección que he ido reuniendo entre conferencias, conversaciones y lecturas dispersas, buscando algún fragmento que me ayudara a poner en palabras cierto pesimismo que me dejó el conocer los grandes proyectos que se planean en distintos puntos del país.
Entre esos archivos me encontré con uno de mis libros favoritos: Azul… de Rubén Darío. Llama la atención que no ha pasado tanto tiempo desde aquellas páginas en las que la naturaleza todavía podía explorarse desde una sensibilidad estética y poética. En su contexto, Darío podía imaginar la naturaleza como un paisaje que acompaña y viste el mundo: una fuente de inspiración, un símbolo de belleza que dialogaba con la imaginación del poeta.
Hoy, sin embargo, la naturaleza difícilmente puede contemplarse sólo como paisaje o como inspiración literaria. El entorno, los pocos pulmones verdes de las grandes ciudades y el aire que respiramos han dejado de ser únicamente metáforas para convertirse en escenarios de disputa pública. Aquello que en tiempos de Darío podía inspirar versos, hoy nos obliga a mirar de frente cómo la lógica del desarrollo muchas veces se impone sobre cualquier intento de preservación del entorno.
La naturaleza sigue siendo fuente de belleza, pero también se ha convertido en un terreno donde se cruzan intereses económicos, proyectos de infraestructura y la urgencia de proteger lo que aún nos queda, y no es que esté en contra del “progreso”, pero duele perder la naturaleza por proyectos que no tienen ni pies ni cabeza, que se cruzan con la aparente necesidad de tomar de decisiones poco capacitadas, y poco sensibles a la depredación. En ese cruce de caminos es donde aparece la pregunta inevitable: ¿dónde quedan los ciudadanos?
En la literatura podemos encontrar una mirada sensible sobre el mundo natural, pero la realidad nos coloca frente a otra escena: una ciudadanía cada vez más polarizada frente a los temas ambientales. En lugar de construir visiones colectivas de cuidado, muchas veces prevalece la defensa cerrada de posiciones ideológicas o intereses particulares, incluso cuando estos contradicen la evidencia científica o el bienestar común.
La ciencia social ha comenzado a estudiar con atención este fenómeno. Diversos análisis sobre comunicación pública del cambio climático y de los conflictos ambientales señalan que la polarización política puede fragmentar la percepción de los problemas ecológicos. Cuando los temas ambientales se interpretan a través de identidades partidistas, la evidencia científica deja de evaluarse por su contenido y comienza a filtrarse por afinidades ideológicas. Lo que debería ser una discusión basada en datos, sobre agua, calidad del aire o pérdida de biodiversidad, termina convertido en un campo de disputa política donde cada grupo defiende su narrativa.
En México este fenómeno se vuelve particularmente visible cuando grandes proyectos de infraestructura se discuten en la esfera pública. La ampliación del puerto en Ensenada, los debates sobre nuevos sistemas de transporte urbano como el Cablebús en Puebla o múltiples proyectos extractivos en distintas regiones del país muestran cómo la conversación ambiental se polariza rápidamente. En lugar de construir diagnósticos compartidos sobre los impactos ecológicos, las discusiones suelen dividirse entre quienes defienden el desarrollo a cualquier costo, con el sesgo político claro, y quienes denuncian sus consecuencias, dejando poco espacio para deliberaciones técnicas y colectivas sobre el futuro del territorio.
Quizá por eso el cuidado de la naturaleza exige algo más que contemplación. Exige ciudadanía. Amar el entorno implica asumir que el entorno natural también depende de decisiones públicas. El amor por la naturaleza difícilmente puede ser apolítico: implica participar, cuestionar, proponer y defender aquello que hace habitable el lugar donde vivimos.
Y, al final, no hay otra forma de entender ese amor. Porque cuidar la naturaleza también es cuidar aquello que nos recuerda por qué vale la pena hacerlo.