El amor en tiempos de intimidad digital

Diario ABC Puebla

Hay hombres capaces de escribir durante horas, enviar flores, mandar un regalo hasta la puerta de la casa, decir “buenos días, hermosa” durante meses y construir una vida completa: la casa, el perro, el viaje a Europa, los domingos juntos y hasta el nombre de los hijos. Todo parece perfecto, excepto por un pequeño detalle: jamás aparecen en la vida real, jamás conectan de frente.
Y entonces surge una pregunta bastante menos romántica: ¿qué clase de vínculo es ese que tiene mensajes, regalos, palabras de amor y promesas de futuro, pero nunca encuentra el momento para conocerse?
La contradicción resulta particularmente interesante en una época que llama redes sociales a las plataformas que prometieron acercarnos a todos.
La ciencia todavía no tiene una etiqueta única para describir exactamente este tipo de vínculo. Dependiendo de sus características, puede hablarse de relaciones románticas mediadas por tecnología, intimidad digital o relaciones mantenidas principalmente en línea. Lo importante no es solamente cuánto se comunican dos personas, sino qué ocurre cuando esa comunicación nunca abandona la pantalla.
Y ahí comienza el verdadero asunto.
La investigación ha encontrado que la comunicación digital puede aumentar la sensación de familiaridad y cercanía. Un estudio publicado en Computers in Human Behavior encontró que la frecuencia con la que una persona comparte información en redes puede incrementar la familiaridad y la percepción de cercanía hacia ella. Es decir, ver y leer constantemente a alguien puede producir la sensación de conocerlo mejor, aunque esa familiaridad no necesariamente corresponda a una relación profunda en la vida cotidiana.
Ahí comienza el juego de las pantallas: la familiaridad puede confundirse con intimidad.
Porque saber a qué hora se despierta alguien no significa conocerlo. Saber cuál es su canción favorita tampoco. Mucho menos recibir fotografías de su desayuno, de su perro y de la puesta de sol.
La pantalla permite una intimidad peculiar: se puede contar una infancia difícil, hablar de los sueños, confesar miedos y escribir durante cinco horas sobre el futuro sin compartir siquiera una tarde de sábado.
Existe una razón: escribir permite controlar la imagen que se proyecta. Se puede pensar antes de responder, borrar una frase, elegir una fotografía, esperar diez minutos para contestar y regresar con una declaración que parece salida de una novela. La vida presencial, en cambio, es muy distinta.
En persona aparecen los silencios, los nervios, las contradicciones, los malos días, las diferencias y ese pequeño inconveniente de descubrir que el ser humano real no siempre coincide con el personaje que se construyó en la pantalla.
La investigación también ha encontrado algo que debería hacernos pensar. En cinco estudios experimentales, Lee, Gillath y Miller analizaron cómo influía la autorrevelación en la intimidad y satisfacción de las relaciones. Encontraron que una mayor revelación personal se relacionaba con mayor intimidad cuando ocurría fuera de internet, mientras que, bajo determinadas condiciones, una mayor revelación en línea se relacionaba con menor intimidad y satisfacción.
Esto no significa que hablar por internet destruya las relaciones. De hecho, otros estudios muestran que la comunicación digital puede favorecer la cercanía y complementar las interacciones presenciales. Una investigación con 359 jóvenes adultos que mantenían relaciones de pareja encontró que cierta comunicación mediada por computadora se asociaba con mayor autorrevelación, intimidad y calidad de la comunicación, además de la interacción cara a cara.
La diferencia parece estar en algo muy sencillo: si la comunicación digital conduce hacia la relación o sustituye a la relación.
Porque una conversación puede ser el principio de un encuentro, pero también puede convertirse en su sustituto. Y entonces aparece otro elemento: la validación.
Recibir atención constantemente puede resultar gratificante. Saber que alguien espera un mensaje, celebra una fotografía, responde inmediatamente o expresa admiración produce una sensación de reconocimiento. No hace falta que exista una relación formal para que esa atención tenga un efecto emocional.
De ahí puede surgir una especie de intimidad sin riesgo: compañía sin convivencia, admiración sin exposición completa, romance sin rutina y promesas sin demasiadas obligaciones.
Porque mientras permanece en el terreno de las posibilidades, todo puede ser perfecto. “Cuando se vean”, “cuando viajen”, “cuando estén juntos”. Nadie ha discutido, nadie ha decepcionado a nadie y nadie ha tenido que demostrar que las palabras pueden transformarse en hechos.
Lo paradójico de estos vínculos es que pueden ser emocionalmente intensos y, al mismo tiempo, mantenerse cuidadosamente alejados de la realidad.
Las redes sociales no son enemigas de las relaciones. La evidencia científica muestra que pueden favorecer la conexión, facilitar la autorrevelación y complementar los vínculos existentes. El problema aparece cuando la comunicación deja de ser un puente hacia el encuentro y se convierte en el lugar donde la relación permanece indefinidamente.
La pantalla puede acercar, pero, a veces, también puede convertirse en escondite.
Al menos para quienes, como yo, crecimos antes de que un teléfono pudiera convertirse en oficina, agenda, cámara, banco y entretenimiento, resulta necesario recuperar una palabra bastante antigua en medio de tanta tecnología: presencia.
Una relación no se construye únicamente con frecuencia de mensajes. Se construye con tiempo, reciprocidad, vulnerabilidad, encuentros, desacuerdos, cuidado y experiencias compartidas.
Resulta contradictorio darse cuenta de que, en una época en la que nunca había sido tan fácil comunicarse, algunas personas puedan construir una sensación de enamoramiento a través de una pantalla sin llegar jamás al encuentro.

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