El 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas, en Querétaro, moría fusilado Maximiliano de Habsburgo, archiduque de Austria y efímero segundo emperador de México.
Tras el triunfo de la República, el presidente Benito Juárez tomó una de las decisiones más difíciles de su vida: perdonar la existencia o ejecutar a aquel dignatario extranjero que había llegado a nuestro país para convertirse en emperador, respaldado por las tropas de Napoleón III y por un sector del conservadurismo mexicano que veía en la intervención extranjera una alternativa al proyecto republicano.
Juárez optó por hacer cumplir la sentencia. Para muchos de sus contemporáneos, aquella decisión constituyó una señal inequívoca de que México defendería su soberanía frente a cualquier intento de imposición extranjera.
Maximiliano permaneció sereno ante el pelotón de fusilamiento. Como último gesto, repartió algunas monedas de oro entre los soldados encargados de ejecutarlo y formuló una sola petición: que le dispararan al pecho y no al rostro, para evitar que su madre sufriera aún más al contemplar sus restos.
Así ocurrió. Las balas atravesaron el pecho del emperador derrotado y pusieron fin al Segundo Imperio Mexicano.
Sin embargo, el destino terminó por frustrar parcialmente aquel último deseo.
Su cadáver fue sometido a un primer proceso de embalsamamiento que resultó deficiente. Cuando llegó a la Ciudad de México, el cuerpo ya presentaba un avanzado deterioro. Se intentó un segundo embalsamamiento, pero la descomposición había progresado demasiado y poco pudo hacerse para restaurar su apariencia.
Ante esa circunstancia, se decidió mantener sellado el féretro.
Meses después, sus restos fueron trasladados a Veracruz para ser embarcados en la fragata Novara, la misma nave que tres años antes lo había conducido a México junto con su esposa, Carlota de Bélgica. Durante aquella travesía hacia América, ambos habían dedicado largas jornadas a diseñar las normas y protocolos que regirían la corte imperial mexicana.
Ahora el viaje era distinto.
En un sencillo ataúd sellado y con el cuerpo irreversiblemente afectado por la descomposición, regresaba a Europa quien alguna vez soñó con gobernar una nación lejana.
Su madre nunca volvió a verlo.
Las monedas de oro que entregó para preservar la integridad de su rostro terminaron siendo inútiles frente al inexorable paso del tiempo.
La República había prevalecido.
El águila mexicana extendía sus alas sobre una nación que, bajo el liderazgo de Benito Juárez, reafirmaba su independencia y su derecho a decidir su propio destino.
Conviene recordar esta historia en tiempos en los que el debate sobre la soberanía nacional vuelve a ocupar un lugar central en la vida pública. Porque, más allá de las diferencias ideológicas, la defensa de México frente a cualquier forma de subordinación extranjera debería seguir siendo una causa común para todos los mexicanos.
La historia enseña que los intereses nacionales se preservan con convicción, dignidad y lealtad a la patria. Y esa lección, a más de siglo y medio de distancia, conserva plena vigencia.


