Adaptarse o desaparecer: Darwin y Marx

Diario ABC Puebla

Existe una idea romántica alrededor de Charles Darwin y Karl Marx: que ambos se sentaron a cambiar el mundo juntos. La realidad fue distinta, aunque no menos interesante.
Marx admiraba profundamente a Darwin. Después de leer El origen de las especies, escribió que aquella teoría explicaba cómo el cambio y la transformación son parte natural de la vida. Años después le envió una copia dedicada de El Capital. Darwin respondió con amabilidad, pero no existen pruebas firmes de que realmente leyera el libro completo. Incluso, se supo que historiadores encontraron páginas aún sin abrir en aquel ejemplar.
Sin embargo, aunque nunca fueron aliados cercanos, ambos llegaron a una conclusión parecida: nada permanece intacto para siempre.
Darwin entendió algo revolucionario para su época. La naturaleza no estaba diseñada de manera perfecta ni definitiva. Las especies cambiaban lentamente mediante pequeñas variaciones acumuladas durante generaciones. Algunas sobrevivían. Otras desaparecían.
Hay un detalle fascinante que pocas veces se cuenta: Darwin comenzó a obsesionarse con los números. Comparaba especies, contaba variaciones, analizaba probabilidades y registraba datos durante años. En sus cartas escribió sobre “el valor de los hechos numéricos”, porque comprendió que la evolución no podía sostenerse solamente con intuiciones filosóficas; necesitaba evidencia medible. Ahí cambió la ciencia moderna.
Décadas después, la genética terminó confirmando muchas de sus sospechas. Hoy sabemos que cada generación hereda mecanismos biológicos más refinados de adaptación y supervivencia. El sistema inmunológico humano, por ejemplo, es el resultado de miles de años enfrentando enfermedades, climas extremos y amenazas ambientales.
La pandemia de COVID-19 volvió a recordárnoslo de una manera brutal. Millones de personas sobrevivimos gracias a algo que Darwin apenas alcanzó a imaginar: la combinación entre adaptación biológica, conocimiento acumulado y ciencia compartida. Vacunas desarrolladas en tiempo récord, memoria inmunológica y cooperación científica permitieron que una generación enfrentara una amenaza global con herramientas que hace siglos simplemente no existían.
Después de una pandemia, hablar de supervivencia dejó de sentirse como teoría científica.
Lo más impresionante es que la evolución humana ya no ocurre solamente en los cuerpos. También ocurre en la manera en que pensamos, cooperamos y compartimos conocimiento. Hace miles de años sobrevivíamos aprendiendo a encender fuego; hoy sobrevivimos desarrollando vacunas en meses y conectando laboratorios de distintos continentes en tiempo real. La evolución dejó de ser únicamente biológica. También se volvió colectiva.
La evolución no creó seres perfectos. Creó organismos capaces de resistir mejor.
Quizá por eso Darwin sigue siendo tan vigente. Porque nos obligó a aceptar que: la vida no premia necesariamente lo más fuerte, lo más bello o lo más poderoso. Premia aquello que logra adaptarse antes de desaparecer.
También la resiliencia humana: en nuestra capacidad de transformar heridas en experiencia, pérdidas en memoria y miedo en aprendizaje. Evolucionamos no solamente por genética, sino por todo aquello que resistimos. Somos el resultado de nuestros fracasos, de nuestros duelos, de quienes nos criaron, de las crisis que sobrevivimos y de las veces que tuvimos que volver a empezar.
Darwin nunca escribió que sobrevive “el más fuerte”, pero toda su obra apunta hacia una idea mucho más profunda: la permanencia pertenece a quienes aprenden a cambiar sin dejar de existir.