Pedro Ramírez
Puebla no solo perdió ante Pumas. Volvió a exhibir la misma mediocridad que lo ha convertido en uno de los equipos más decepcionantes del Apertura 2026. El 2-1 en el Cuauhtémoc no fue una derrota casual: fue la confirmación de un proyecto que, otra vez, se desmorona cuando más se necesita carácter, identidad y urgencia.
Con 16 puntos y apenas el lugar 14 de la tabla, La Franja vive de una esperanza matemática que cada vez se parece más a una burla. Sí, todavía puede clasificar. Técnicamente no está eliminado. Pero hablar de “posibilidades” cuando el panorama es tan negro resulta casi ofensivo para una afición que ya no sabe si creer o resignarse.
El equipo necesita ganar sus dos partidos restantes y rezar para que media tabla se hunda. Ese es el nivel de dependencia externa al que ha llegado este Puebla. No se trata de un club que pelea de igual a igual por la Liguilla: se trata de un conjunto que necesita un milagro combinado con la mediocridad ajena para aspirar a algo.
Lo más grave no es estar en el lugar 14. Lo más grave es la sensación de que este plantel y este cuerpo técnico ya aceptaron el destino. Falta intensidad, falta convicción, falta urgencia. Mientras América, Chivas y Cruz Azul pelean el liderato con 29 puntos y Atlas respira en la zona alta, Puebla parece contentarse con “no estar eliminado”.
La eliminación de Tigres, Atlante, Necaxa y Juárez deja claro que hay equipos que ya tocaron fondo. Puebla todavía no. Pero camina peligrosamente cerca. La diferencia entre pelear y sobrevivir se está borrando partido tras partido, y eso debería alarmar a cualquiera que aún crea en este proyecto.
El rendimiento ofensivo ha sido irregular, la defensa comete errores infantiles y el medio campo rara vez controla los partidos importantes. No es solo cuestión de resultados: es una cuestión de actitud. Hay partidos en los que el equipo parece más preocupado por no quedar en ridículo que por imponer condiciones.
La afición camotera merece más. Merece un equipo que salga a competir como si cada partido fuera una final, no uno que parece esperar a que los rivales se equivoquen para tener alguna oportunidad. Esa mentalidad de superviviente no construye nada sólido a mediano plazo.
Aún existen dos fechas y un escenario matemático que mantiene viva una pequeña llama. Pero esa llama está cada vez más débil. Ganar los dos partidos restantes no garantiza nada si los resultados de alrededor no acompañan. El margen de error ya no existe.
Lo preocupante es que este Puebla no ha demostrado tener la capacidad de ganar dos partidos seguidos de forma convincente cuando realmente lo necesita. Esa es la verdadera prueba de fuego que tiene por delante y, hasta ahora, los indicios no son alentadores.
Mientras otros clubes pelean por el superliderato o aseguran su lugar con autoridad, La Franja se debate entre la esperanza y la resignación. Esa dualidad es la que define su torneo: nunca del todo muerto, pero tampoco lo suficientemente vivo como para generar ilusión real.
El cuerpo técnico tiene la obligación de exigir más. Los jugadores tienen la responsabilidad de responder. Y la directiva debe asumir que este nivel de irregularidad no puede seguir normalizándose temporada tras temporada.
Clasificar de milagro no borra la vergüenza de haber llegado hasta aquí arrastrándose. Una clasificación así no se celebra: se sobrevive. Y sobrevivir no debería ser el techo de un club con la historia y la afición que tiene Puebla.
Todavía hay tiempo. Todavía existe una posibilidad real, aunque mínima, de meterse a la Fiesta Grande. Pero si este equipo no cambia radicalmente su actitud y su nivel de competitividad, esa posibilidad no será más que un consuelo vacío.
Puebla aún puede salvarse. El problema es que, a estas alturas, ya nadie está seguro de que realmente quiera hacerlo. Y esa duda es, quizás, lo más doloroso de todo.



