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Amor y medio ambiente: una relación posible y necesaria

Diario ABC Puebla

¿Qué tiene que ver el amor con la crisis ambiental? A primera vista, muy poco. En tiempos marcados por la urgencia climática, hablar de amor puede parecer ingenuo o incluso fuera de lugar. Más aún cuando intentamos vislumbrar una relación entre los conceptos de amor y medio ambiente fuera de cualquier ideología religiosa que cada quien profese. Sin embargo, resulta inevitable acudir a un texto que se convirtió en un hito del pensamiento ambiental contemporáneo: Laudato Si’, escrito por el papa Francisco. En ella, el pontífice desarrolla la idea del respeto y del profundo amor por la naturaleza, así como la importancia de las concepciones culturales y personales como elementos esenciales para enfrentar la crisis ambiental contemporánea.

Más allá de su origen eclesiástico, el documento propone algo profundamente político y, al mismo tiempo, ético: recuperar el respeto y el amor por la naturaleza como una condición cultural indispensable para enfrentar la crisis ambiental. No se trata únicamente de salvar árboles o reducir emisiones, sino de revisar la manera en que nos relacionamos con el mundo y entre nosotros. Porque, como sugiere la encíclica, la degradación ambiental y la apatía social son dos rostros de un mismo problema.

En ese sentido, Laudato Si’ funciona también en el lenguaje del poder, ese que suele reducir la complejidad de la crisis a cifras, metas y discursos técnicos. La encíclica incomoda porque introduce una variable que rara vez aparece en los informes oficiales: la ética del cuidado. Esto nos recuerda que ningún proyecto de desarrollo es sostenible si está desconectado de las personas, de los territorios y de los vínculos que los sostienen, que no hay política ambiental posible sin una transformación cultural profunda.

De manera simbólica, el texto recupera la figura de Francisco de Asís, el santo que hablaba con los animales y entendía la naturaleza no como propiedad, sino como hermana. En una época marcada por la depredación, el extractivismo y la velocidad del avance tecnológico ese gesto resulta más que necesario. Querer sin necesidad de poseer, convivir sin dominar y habitar sin destruir.

Los lenguajes técnicos y el pesimismo que impera en los discursos de distintas burbujas sociales han terminado por reducir la crisis ambiental a una causa perdida, a una acción que muchos consideran innecesaria porque el panorama no es alentador. Pero quizá la sostenibilidad no deba aprenderse únicamente en informes especializados o discursos oficiales, sino en un lenguaje más cercano: el del cariño. Ese que entiende que cuidar es una forma de permanecer y que no hay poder más duradero que el que se ejerce con responsabilidad sobre la vida que compartimos.

Tal vez el problema no sea celebrar el amor, sino confundirlo con el intercambio. El amor verdadero necesita algo más que gestos inmediatos: requiere lugares que se respeten, paisajes que se preserven, espacios donde pueda volver. Amar también es hacerse cargo del territorio que sostiene ese vínculo. Porque no hay amor duradero sin un entorno que lo resguarde.

La relación entre el amor y el medio ambiente tiene que ver con algo más profundo que el cuidado como obligación. Tiene que ver con las condiciones que permiten que el amor exista y permanezca. Porque el amor no ocurre en el vacío: habita calles, mares y atardeceres compartidos, territorios que nos sostienen. Tal vez por eso cuidar nuestros espacios sea la forma más honesta y menos ostentosa de decir que amamos.

Si te interesa el tema y quieres profundizar en la relación entre el amor y el medio ambiente, puedes leer la encíclica aquí: http://bit.ly/4r3YoFQ